Era una fría tarde de invierno. El vendedor seguía con su constante y taladrante cháchara que parecía no acabar nunca, y yo asentía con la cabeza cada poco como si de verdad estuviera prestando atención a todo lo que decía. Cada poco se reía con una voz grave y atronadora y se echaba hacia atrás, con las manos en la barriga, y yo forzaba una sonrisa con mis labios cortados por el frío. Era el otoño de 1998, y yo iba a comprar aquél piso.
Llegamos al portal y subimos las escaleras. Había polvo en el borde de algún escalón, y unos cuantos papeles de propaganda yacían en el suelo, o a veces en el buzón metálico de color verde oscuro, con la tapa agarrada por un alambre, luchando contra la gravedad. El hombre introdujo la llave en la cerradura y la giró, con un chasquido metálico que se quedó grabado en mi memoria y que iba a oír durante mucho tiempo. El reloj de mi bolsillo tictaqueaba, y parecía hacerse más pesado con cada segundo que se tragaba. Aquél tipo me hizo un gesto con la mano para que pasara al interior, y así lo hice.
Ya había estado allí. Había dos zonas en la primera sala, tan sólo separadas por un cambio en el tipo de baldosa: la cocina, con una nevera de color gris perla algo sucio, un par de encimeras de madera de tonos apagados y un horno de gas butano que a saber si funcionaba. En el salón, tan sólo una mesa con patas metálicas y un sillón estropeado por el paso del tiempo, pero bastante limpio. Una estufa muerta estaba pegada a la pared. Me acerqué a ella y la toqué con un dedo, apartándolo de golpe por el súbito frío. El vendedor sonrió y me dijo que tendría que arreglarlo.
- Ya me gusta así – le respondí.
Después de firmar los papeles y de dejar que el pobre hombre hablara un poco más, lo despedí con afabilidad y cerré la puerta tras de él, escuchando de nuevo el ruido.
Al poco se hizo de noche. Me saqué el reloj del bolsillo. Las seis de la tarde, marcaba el reloj. Vi una lámpara de gas encima de la mesa del comedor, así que saqué un fósforo del bolsillo y la fui a encender. Me temblaban las manos, el fósforo se me cayó y tuve que encender otro, y finalmente pude encenderlo.
Me senté en el sillón. Era mullido y relajante, y me hacía formar parte de la casa. Cerré los ojos y me quedé dormido.
Un ruido me despertó. Saqué el reloj de mi bolsillo y miré la hora bajo la cada vez más tenue luz de la lámpara de gas. Las tres de la madrugada. Me levanté con la espalda algo dolorida, como siempre, y cogí la lámpara por el asa. Fui caminando hacia el pasillo.
Todo estaba oscuro, y la luz que llevaba sólo lograba iluminar trozos del camino. A la izquierda me encontré con un pequeño mueble de madera clásico con algunos marcos de fotos con el cristal roto y la foto desaparecida. ¿Me estaban esperando para que los rellenara?
Seguí caminando, oyendo un ruido cada vez más fuerte mientras me acercaba a la habitación que había al final del pasillo. Era un sollozo, un lamento penoso que me rompía el corazón. La luz de la lámpara se estaba apagando, y yo empezaba a imaginarme locuras, bestias del inframundo y otras cosas aterradoras. Temblé más, esta vez de miedo, y la lámpara se apagó del todo.
Estaba frente a la puerta de la habitación. Encontré el pomo, y tuve que hacer un esfuerzo para no apartar la mano por el frío. Empujé la puerta.
Había alguien subido en la ventana, sentado en el marco mirando hacia fuera. Creo que era una muchacha. Llevaba un vestido de novia de color negro, algo corto, que permitía ver sus tobillos blancos y agrietados, y tenía una preciosa melena de color azabache. Una luz parecía venir de ella. Creí que era un ángel. Me acerqué a ella a pasos cortos, para no asustarla. Cuando llegué a ella, le toqué el hombro. Ella giró la cabeza lentamente. Grité.
Sus ojos rojos proyectaban una mirada furiosa, mientras que su boca estaba magullada. Parecía haberse hecho arañazos en la cara, y tenía cicatrices en la frente. Tenía en la cabeza un recorte donde parecía que se hubiera arrancado el cabello. Profería gruñidos hambrientos. Retrocedí aterrado. Ella se acercó a mí furiosa, y un perro negro entró de un salto por la ventana, gruñendo y salivando con avidez. Ambos se acercaban a mí. Quise gritar, pero se me hizo un nudo en la garganta. Cerré los ojos.
Cuando los abrí, estaba otra vez sentado en mi sillón mullido, con el mismo dolor de espalda. Suspiré aliviado al darme cuenta de que todo había sido nada más que una pesadilla. Un suave rayo de sol entraba por la ventana. Me puse en pie y me estiré, crujiendo mis huesos. Oí que algo caía al suelo y me agaché para recojerlo. Noté el latido de mi corazón en la cabeza.
Era un mechón de pelo negro.
Llegamos al portal y subimos las escaleras. Había polvo en el borde de algún escalón, y unos cuantos papeles de propaganda yacían en el suelo, o a veces en el buzón metálico de color verde oscuro, con la tapa agarrada por un alambre, luchando contra la gravedad. El hombre introdujo la llave en la cerradura y la giró, con un chasquido metálico que se quedó grabado en mi memoria y que iba a oír durante mucho tiempo. El reloj de mi bolsillo tictaqueaba, y parecía hacerse más pesado con cada segundo que se tragaba. Aquél tipo me hizo un gesto con la mano para que pasara al interior, y así lo hice.
Ya había estado allí. Había dos zonas en la primera sala, tan sólo separadas por un cambio en el tipo de baldosa: la cocina, con una nevera de color gris perla algo sucio, un par de encimeras de madera de tonos apagados y un horno de gas butano que a saber si funcionaba. En el salón, tan sólo una mesa con patas metálicas y un sillón estropeado por el paso del tiempo, pero bastante limpio. Una estufa muerta estaba pegada a la pared. Me acerqué a ella y la toqué con un dedo, apartándolo de golpe por el súbito frío. El vendedor sonrió y me dijo que tendría que arreglarlo.
- Ya me gusta así – le respondí.
Después de firmar los papeles y de dejar que el pobre hombre hablara un poco más, lo despedí con afabilidad y cerré la puerta tras de él, escuchando de nuevo el ruido.
Al poco se hizo de noche. Me saqué el reloj del bolsillo. Las seis de la tarde, marcaba el reloj. Vi una lámpara de gas encima de la mesa del comedor, así que saqué un fósforo del bolsillo y la fui a encender. Me temblaban las manos, el fósforo se me cayó y tuve que encender otro, y finalmente pude encenderlo.
Me senté en el sillón. Era mullido y relajante, y me hacía formar parte de la casa. Cerré los ojos y me quedé dormido.
Un ruido me despertó. Saqué el reloj de mi bolsillo y miré la hora bajo la cada vez más tenue luz de la lámpara de gas. Las tres de la madrugada. Me levanté con la espalda algo dolorida, como siempre, y cogí la lámpara por el asa. Fui caminando hacia el pasillo.
Todo estaba oscuro, y la luz que llevaba sólo lograba iluminar trozos del camino. A la izquierda me encontré con un pequeño mueble de madera clásico con algunos marcos de fotos con el cristal roto y la foto desaparecida. ¿Me estaban esperando para que los rellenara?
Seguí caminando, oyendo un ruido cada vez más fuerte mientras me acercaba a la habitación que había al final del pasillo. Era un sollozo, un lamento penoso que me rompía el corazón. La luz de la lámpara se estaba apagando, y yo empezaba a imaginarme locuras, bestias del inframundo y otras cosas aterradoras. Temblé más, esta vez de miedo, y la lámpara se apagó del todo.
Estaba frente a la puerta de la habitación. Encontré el pomo, y tuve que hacer un esfuerzo para no apartar la mano por el frío. Empujé la puerta.
Había alguien subido en la ventana, sentado en el marco mirando hacia fuera. Creo que era una muchacha. Llevaba un vestido de novia de color negro, algo corto, que permitía ver sus tobillos blancos y agrietados, y tenía una preciosa melena de color azabache. Una luz parecía venir de ella. Creí que era un ángel. Me acerqué a ella a pasos cortos, para no asustarla. Cuando llegué a ella, le toqué el hombro. Ella giró la cabeza lentamente. Grité.
Sus ojos rojos proyectaban una mirada furiosa, mientras que su boca estaba magullada. Parecía haberse hecho arañazos en la cara, y tenía cicatrices en la frente. Tenía en la cabeza un recorte donde parecía que se hubiera arrancado el cabello. Profería gruñidos hambrientos. Retrocedí aterrado. Ella se acercó a mí furiosa, y un perro negro entró de un salto por la ventana, gruñendo y salivando con avidez. Ambos se acercaban a mí. Quise gritar, pero se me hizo un nudo en la garganta. Cerré los ojos.
Cuando los abrí, estaba otra vez sentado en mi sillón mullido, con el mismo dolor de espalda. Suspiré aliviado al darme cuenta de que todo había sido nada más que una pesadilla. Un suave rayo de sol entraba por la ventana. Me puse en pie y me estiré, crujiendo mis huesos. Oí que algo caía al suelo y me agaché para recojerlo. Noté el latido de mi corazón en la cabeza.
Era un mechón de pelo negro.