viernes, 12 de diciembre de 2008

Invierno

Aquel día abrí la puerta de casa sin siquiera saber si encontraría algo dentro. La luz parpadeaba incesante, como una luciérnaga moribunda tratando de sobrevivir al crudo invierno que esa noche se presentaba en su forma más horrible.
Dejé los guantes encima de la entrada y cerré la puerta. El pomo estaba frio, helado. Un escalofrío me recorrió la nuca y me giré. La casa seguía vacía, el papel de pared despegado en el mismo sitio de siempre y dejando entrever la pared de obra gastada.
Un golpe de viento recorrió la sala. Recordé haber dejado la puerta cerrada antes de irme, y el mismo escalofrío volvió a pasar por mi espalda, haciéndome tiritar. Me acerqué al balcón y vi el cristal de la puerta, roto en pedazos que se repartían sin orden alguno por el suelo cubierto con una alfombra rojiza.
Antes de irme, la alfombra era blanca.
Me giré de golpe cuando la luz se apagó y la bombilla estalló en pedazos. Me cubrí la cara con el brazo y un cristal me golpeó la chaqueta de cuero. Cuando me destapé, una figura vestida de negro me daba la espalda frente a la nevera. Me acerqué lentamente a ella, agachándome para coger un cristal del suelo. El frío me había insensibilizado la piel de la mano, y me corté sin darme cuenta al hacer presión sobre el vidrio. Reprimí un grito de dolor.
La figura empezó a girarse. Lo hacía despacio, con una tranquilidad que me crispaba y me hacía temblar de miedo. Al final, se giró. Lancé un grito.
No tenía cara. Su rostro era una masa homogénea de piel, con una especie de verjas de carne en el lugar donde deberían estar los labios. Corrí hacia atrás, desesperado, y choqué contra los cristales que quedaban colgando en la puerta del balcón. Moví los brazos desesperado, pero no sirvió de nada.
Caí.

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